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Ascensión al Mont Blanc

11 / 02 / 2014

Reebok Sports Club en el Mont Blanc

             Saludos a todos  los compañeros del Reebok,

            Animado por entrenadores amigos, voy a relataros la ascensión del verano pasado al Montblanc en compañía de Álvaro Duque, monitor de escalada del gimnasio y buen amigo. 

            Antes de nada, debo deciros que siempre he tenido una gran afición por el deporte. Las vicisitudes y destinos profesionales me han llevado, durante años, por buena parte de la geografía española, antes de recalar en Madrid. Ello ha ayudado a que sean varias las modalidades deportivas que he practicado como aficionado: desde el windsurf y el submarinismo, en aquellos felices días en Canarias y Ceuta, hasta el tenis y la natación; todo ello aderezado de una buena dosis de carrera y, por supuesto, esquí y montaña. Al llegar a Madrid, hace ya cuatro años y trabajar por el centro, era evidente que de las primeras cosas a hacer era buscar un gimnasio para no dejar de lado lo que tantos buenos momentos y calidad de vida me ha deportado. Así llegué al Reebok.

            Quizá por mi origen segoviano, siempre he tenido cierta querencia a la montaña, aunque, antes de la ascensión al Montblanc, además, por supuesto, de mi querida Guadarrama, mi currículum se limitaba a tres miles nacionales –Aneto- y algún cuatro mil sencillo en los Alpes. Aprovechando y animado por el contacto con la gente del rocódromo del Reebok, era ya hora de intentar alguna meta mayor.

            En compañía de Álvaro, la vía elegida para la ascensión fue la conocida como la “ruta de los cuatromiles”, elegante y  muy alpina, aunque más esforzada (1.200 metros de desnivel) y técnica que el camino más transitado por el Dôme de Gouter. Tras unos días de aclimatación, con cimas de más de 3.000 metros y procurando alternar las noches en valle y altura –lo aconsejado para una buena aclimatación-, iniciamos la ascensión a las tres de la mañana del 28 de Agosto tras pasar la noche, o, mejor dicho, lo que podíamos disponer de noche, en el refugio de Cosmiques, en medio de un paisaje espectacular.

Procurando, al menos en mi caso, dejar atrás los nervios, acompañados de otras dos cordadas, cruzamos el plató y nos encaminamos hacía el hombro del Mont Blanc de Tacull en una noche fría aunque tranquila y con cielo estrellado. La primera, y obvia dificultad que encontramos hasta llegar, a la postre, a poner en riesgo la cumbre, fue el piolet entero de nieve que había caído la noche anterior, por lo que el avance se hacía especialmente penoso al tener que abrir la huella, por estar completamente cubierta la del día anterior, para lo que nos relevábamos las tres cordadas. Tras superar una espeluznante grieta en la que había colocada una escalera fija, ascendimos el Tacull por una empinadísima pala que acaba en un corredor con una pared de hielo a la izquierda, que el reflejo de la luna mostraba amenazante: los impresionantes bloques de seracs. “Rapidito”, en silencio y con buena letra atravesamos los 200 metros más expuestos de la ascensión.

Coronado el hombro del Tacull, y ya con el sol acariciándonos con sus primeros rayos, nos encaminamos hacia un collado descendiendo por una ladera sin más complicaciones que la práctica ausencia de huella. Pasado el collado, encaramos el siguiente obstáculo serio de la ascensión: la pala del Mont Maudit, una pared de 60% de pendiente que hizo necesario la utilización de unas cuerdas fijas instaladas en su mitad. El estado de la nieve, no excesivamente dura, afortunadamente facilitó la subida. Una vez arriba, y ya divisando la mítica cumbre que obsesionara en su día a Saussure, debido a lo tardío de la hora,  llegó el momento de decidir si atacábamos con rapidez y decisión el Montblanc o si nos conformábamos con coronar el Mont Maudit (4.465 m.) y volver al refugio más tranquilos. Decidida la primera opción, lo que nos enfrentaba a 400 m. más de desnivel, enfilamos hacia el Col de la Brenva.

Desde allí hasta la cima la ruta ascendió por cómodas lomas aunque el esfuerzo se hizo agotador al comenzar a acusar la falta de oxígeno y el cansancio. Hicimos cumbre muy emocionados a las 12:30.

             Como cualquier montañero sabe, la cumbre realmente está en el campamento, así que hasta llegar de vuelta al refugio, con la nieve más inestable y el consiguiente canguelo, nos quedaron aún seis horas de intenso esfuerzo, incluido un divertido rápel en la pala del Maudit y algún que otro salto de grietas. Llegamos al refugio a las 18:30, un buen caldo nos esperaba y, después, la felicidad de la cumbre conseguida mientras me acurrucaba en el saco.

            ¿La camiseta? Qué menos! Sin las horas de entrenamiento con el grupo de corredores creo que no hubiera llegado.

            Un abrazo a todos.

            Manuel Ponte.